El sol empezaba a entrar en su habitación, oyó el golpe de la puerta que anunciaba que ya nadie estaba en casa. Se levantó e hizo todas aquellas cosas que solía hacer un martes normal, aunque aquel no lo fuese. Oía la música de la radio de fondo pero no quería que aquel momento de su vida tuviese banda sonora así que no le prestaba atención. Cogió todas sus cosas y dejó una carta de despedida para sus padres y su hermano; salió de su casa sin mirar atrás. Bajó hasta su instituto, interrumpió la clase y se despidió de sus amigas, las tres lloraron pero en aquello no había vuelta atrás y se dijeron adiós para siempre. Salió del instituto y de camino al metro se encontró con la única persona de la que no quería despedirse. Le miró sabiendo que era la última vez en su vida que le miraría y sin poder evitarlo soltó su maleta y le besó, le dijo adiós con la mirada y se alejó hacia el metro. Las estaciones se le antojaban los momentos de su vida y mirando su reflejo en el cristal de dio entera cuenta de lo que estaba a punto de hacer. Iba a abandonarlo todo familia, amigos, estudios e incluso país, pero pese a todo no sentía miedo, ni tal siquiera nostalgia. Por primera vez en su vida se sentía libre, sentía que la sangre corría por sus venas, que todo era posible y que estaba haciendo lo que verdaderamente quería hacer.
Salió del metro con paso firme, dejó sus maletas y compró el primer avión que salía de Madrid.
Espero algún tiempo y cuando sonó la voz que anunciaba que su avión despegaba, tomó aire y entró en él, se sentó y con el pensamiento perdido en cada una de las cosas que podían ocurrir miró por última vez al cielo del sitio que debería de haber sido su hogar, suspiró y cerró los ojos. El avión despegaba, su destino: Nuevo York.
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