Oteaba el horizonte, mientras oía al capitán dar ordenes, que si limpieza aquí, que si ordenar esas cuerdas, traedme vino, arriad las velas. Sus ojos se dirigían a cada una de esas acciones mientras volvía irremediablemente a mirar el horizonte, la tierra se iba a comiendo poco a poco el sol, los colores pasaban rápido del naranja al amarillo y de este al azul y al morado. Apenas sin darse cuenta las olas mecían la luna y el barco llegaba a tierra. Descendieron del barco a una playa de arena blanca.
Después de tanto, por fin pisaban tierra firme, miró a su alrededor y a lo lejos divisó un castillo, o más bien, lo que quedaba de él, se preguntó si era allí donde iban a llevar todo el botín, si era allí donde metían a los prisioneros para pedir rescate, si, en fin, era su fortaleza; después de todo, los castillos siempre tenían sótanos y normalmente, nadie podía encontrarlos a no ser de casualidad. Se sobresaltó al notar una mano sobre su hombro, necesitaban su ayuda. Ayudó a descargar varios de los cofres y bidones de la bodega, y siguiendo al resto del grupo, y tal y como pensaba, llevaron la carga a los sótanos.
Estaba la luna en su fase más alta, cuando sus compañeros empezaron con el ron y las canciones de piratas, se sentó en la arena y reía viéndoles bailar, pronto tendrían que volver a partir pero el capitán les permitía aquel día de descanso, porque sabía que cuanto mas contentos estaban más sangrientos se volvían. Se durmió con el arrullo del mar.
Despertó otra vez con los gritos del capitán, pero se extrañó, aquellos no eran los gritos habituales, se frotó los ojos y olió humo, el barco estaba ardiendo. Acudió a ayudar aunque ya nada podía hacerse. Todas las miradas se dirigieron hacia donde estaba, era la única persona que no había bebido, la única persona lo suficientemente entera para poder quemarlo y además nadie sabía de donde había venido ni quien era.
Se asustó, si aquellos piratas descubrían lo que verdaderamente era, si descubrían que una mujer había ayudado a robar todos aquellos botines, probablemente la matarían, o algo peor. La apresaron y la llevaron hasta el capitán, atadas sus manos con cuerdas y con una espada a punto de cortarle el cuello. La interrogaron, contó todas las mentiras que había pensado y muchas más. No la creyeron y la llevaron a los mismos sótanos donde ayer habían descargado el botín. No supo cuanto tiempo pasó desde que la encerraron hasta que la obligaron a volver a salir, pero fue el momento más largo de toda su vida.
El capitán estaba allí, esperándola, y confirmando sus peores temores, la obligaron a desnudarse. Allí acababa todo para ella, ya no había salvación posible. Gritó, se peleó pero con ello no consiguió otra cosa que cabrear más, no solo al capitán sino a la tripulación. Se desnudó. Un murmullo general y algún que otro grito de sorpresa envolvió aquella humillación.
Notó el frío acero de la espada, el calor de su sangre por el cuello, miro al horizonte una vez más, la luna seguía allí en lo alto, acunada por las olas del mar.
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