Paseaba todos los días por aquel lugar, escribía cartas sin dirección, aspiraba el aire intentando adivinar su perfume. Ella, la que antes había sido su amante, su mundo, su vida, se había convertido en poco más que humo. Pero él seguía pensando en ella, seguía oyendo el roce de su vestido, su risa divertida, seguía viendo su mirada en cada espejo y, algunas veces, pasaba el tiempo mirando aquellos ojos inexistentes. Su locura le consumía, pero no quería darse cuenta, el siempre la acababa esperando allá, en el puerto, esperando algún barco, alguna ola, algún viento que la trajera de vuelta.
Nunca comprendió porque le abandonó, porque se fue sin despedirse, ni un beso, ni una caricia, ni un frío adiós. No le echaba la culpa, se culpaba a sí mismo, pensaba que podía haberle dado mucho mas de lo que le dio, aunque esto no fuese verdad, culpaba a la gente, a las costumbres, a su familia y a la de ella. Pero, en fin, todo aquello quedaba ya tan lejos, su mente poco a poco iba olvidando todo, cada mirada, cada roce, cada momento juntos, todos los besos furtivos debajo de los almendros, todo. Su alma, en cambio, seguía sintiendo las mismas pasiones violentas, las mismas necesidades; en ella seguía grabado a fuego su rostro, con esos ojos negros que le hacían estremecerse, con esa sonrisa de dientes blancos y esos labios que parecían pétalos de rosa. Nunca volvería a verla pensaba cuando su cordura volvía, luego siempre se sentaba sobre su cama y veía como el fantasma de aquel amor prohibido, la sombra de pasiones que nunca volverían, se peinaba delante del espejo, y poco a poco iba cerrando los ojos hasta quedarse dormido. Pero aquel día todo cambió, se miró en el espejo y se dijo que no podía seguir así, que iría a buscarla hasta el infinito, aquel día quiso recuperar cada uno de sus momentos, así que fue a buscarla, se acercó al puerto y con el pensamiento perdido en su recuerdo, dio un paso al frente, fue a buscarla sobre las olas del mar.
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